Por Leonel Harari (Uruguay. Representante alterno en Europa del Banco Interamericano de Desarrollo)
Desde hace algunos años ya, la reflexión acerca de las relaciones entre economía y cultura
trascendió el mero marco de las instituciones especializadas en el sector para “infiltrar”
organismos multilaterales abocados a la elaboración de políticas de desarrollo o a su
financiamiento. Para el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) el año clave fue 1999,
en que con motivo de la Asamblea de Gobernadores que tuvo lugar en París, se dedicó el
Foro central que acompaña este evento al tema Cultura y Desarrollo. Para preparar ese Foro
se movilizaron recursos importantes y sobre todo se contactaron especialistas provenientes
de ese sector, quienes fueron los que marcaron la orientación del trabajo. Pocos
antecedentes encontramos de estudios que permitieran llevar al mundo de los economistas
el lenguaje, las necesidades y la percepción del potencial de la creación cultural para la
formación de riqueza, de empleo y de un imaginario colectivo, elemento motor de
desarrollo. Exploramos varias pistas antes de llegar a un tema capaz de motivar al medio
multilateral financiero. Primero ensayamos un punto de vista antropológico, identificando
las condicionantes que imponen las culturas locales, las tradiciones y costumbres en la
ejecución de proyectos. También se transitó por niveles más teóricos, buscando puentes
entre los conceptos de “capital social” y “desarrollo” y varios encuentros y talleres con
especialistas precedieron al Foro en ese sentido. Finalmente, es la idea de “empresa o
industria cultural” que permite de la manera más directa la conexión entre el mundo de la
creación cultural y el del financiamiento multilateral. Por supuesto que hay otras facetas de
esta historia, en particular las relacionadas con el patrimonio histórico y el turismo cultural,
que son más conocidas, y de las cuales no me ocuparé en esta intervención.
En estos pocos años, gracias al trabajo de un puñado de gente, más cercana al mundo de la
cultura y al académico que al multilateral, a algunas organizaciones regionales y también
debido a las movilizaciones corporativas propias del sector, el tema del fuerte vínculo que
existe entre la creación cultural y el desarrollo ha permeado hasta los decidores políticos.
La visión de muchos países, como Francia y Canadá, de la importancia de la diversidad
cultural y la acción de Unesco (por ejemplo el Programa Alianza Global para la Diversidad
Cultural) han creado un terreno favorable. Hoy, hablar de financiamiento de las empresas
culturales es parte del discurso oficial de muchos gobiernos en América Latina y el
principio de una línea de crédito especializada está en estudio en el BID.
El BID, con el entusiasmo del Presidente Enrique Iglesias, ha puesto en marcha varios
mecanismos nuevos. Uno, es el Centro Cultural que además de hacer exposiciones de
artistas de los países miembros del Banco en su local en Washington DC, todos los años
financia treinta o cuarenta pequeños proyectos, de hasta de diez mil dólares, que tengan
gran contenido cultural, ya sea de tipo comunitario si es muy localizado. El Centro puede
apoyar proyectos como los Observatorios, por ejemplo, o un evento puntual de carácter
cultural latinoamericano. Pueden obtener información en www.iadb.org. Otra medida es la
cooperación técnica que, poco a poco, aceptando la idea de que es legítima para estudios
que tienen que ver con el sector cultural en general y las industrias culturales en particular
como para otros sectores y espero que para antes de fin de año concretemos con el
Convenio Andrés Bello para darle un impulso grande a la elaboración de las metodologías
de indicadores y en particular las cuentas satélites y que lo podamos prolongar durante
varios años.
Con mayor dificultad, pero hemos empezado también las gestiones con el Fondo
Multilateral de Inversiones (FOMIN) para financiar en forma de donación, proyectos que
están ligados a un desarrollo comunal de mejora de diseño de artesanía y para la
elaboración del marco regulatorio y de crédito para las grabadoras de discos en el Caribe.
Se han conseguido también algunos recursos de financiamiento para todo lo que tenga que
ver con los derechos de autor y la lucha contra la piratería, tomando en cuenta todo el
debate que hay dentro de este tema.
Desde mediados de 2003 hasta fines de 2004, asignado por el BID, trabajé junto a Unesco y
el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po) para desarrollar, en el respeto de los
convenios internacionales que conciernen a la cultura, una estrategia de financiamiento para
las empresas culturales. En el mismo período participamos en la creación y la transferencia
de experiencia de diversas fundaciones culturales europeas para la Fundación
Interamericana para la Cultura y el Desarrollo, recientemente nacida. Este es el resumen de
lo aprendido:
Las empresas culturales
• Son vectores de riqueza y trabajo intensivo
• Pueden ser instrumentos de inclusión social, en particular en zonas pobres
• Participan, adecuadamente estimuladas, en la mayor diversidad cultural
• Gracias a las nuevas tecnologías participan en el desarrollo de una economía basada
en la creatividad y el conocimiento.
Una política de financiamiento de las industrias o empresas culturales cuyo objetivo fuera
desarrollar el potencial en América latina y el Caribe, debe entre sus áreas prioritarias:
• Facilitar el acceso a recursos financieros blandos e incentivos fiscales adecuados
para promover el sector y las exportaciones, y cuando el impacto social es grande,
darle tratamiento como política social y no solamente como inversión.
• Mejorar la infraestructura comercial para relacionar el ciclo productivo con técnicas
adecuadas de marketing y distribución competitivos a nivel nacional, regional e
internacional, sin descuidar el comienzo del ciclo: facilitar la creatividad a todo
nivel.
• Incentivar la modernización tecnológica para la producción, la comunicación y las
informaciones ofreciendo competitividad a los productos culturales, facilitando la
promoción de lo local a lo nacional e internacional.
• Modernizar el marco legal e institucional poniendo al día leyes de propiedad
intelectual adecuadas y un cuadro regulatorio que proteja al autor nacional sin
desalentar las inversiones.
• Participar en acuerdos regionales y subregionales a fin de facilitar la inversión,
producción y promoción regionales, las posiciones comunes en negociaciones
internacionales y la formación.
• Apoyar los estudios necesarios para contar con indicadores socioeconómicos
fiables, a fin de facilitar la elaboración de políticas públicas.
• Formación en estas áreas y en el tema de las negociaciones internacionales
(convenios, tratados de libre comercio, OMC).
La sola enumeración de estos temas es también una enumeración de los desafíos que
tenemos por delante. Existen aún resistencias, tanto del lado de los economistas como de
los operadores de cultura, para enfrentar las complejas relaciones que los vinculan. Todas
las esferas de la vida social, de una forma u otra, tienen que ver con la economía y la
cultura. Son áreas reglamentables, cambiables, que pueden ser influidas positiva o
negativamente según las políticas públicas y de los organismos multilaterales de
financiamiento y, aunque sólo fuera por eso, economistas y operadores de la cultura tienen
mucho para aprender recíprocamente.
Otro problema práctico que tenemos enfrente es que quienes negocian los tratados, en
general, son las cancillerías en el caso del TLC, o los ministros de comercio, en la OMC, es
decir no necesariamente la gente que está preparada para representar la visión y los
intereses de este sector.
Hay cuestiones que debieran excluirse de ciertas negociaciones, sin embargo, si no se hacen
exclusiones explícitas se sustrae a los gobiernos y a la iniciativa privada nacional parte de
sectores estratégicos. La educación, la cultura y otros temas de interés nacional no pueden
asimilarse a otros bienes o servicios regulados por el mercado. El Estado, que participa
activamente para restablecer equilibrios, no debe atarse las manos con tratados de libre
comercio –ya que esa “libertad” le quita soberanía– sin pensarlo dos veces, consultando a
los vinculados a la producción cultural y educativa. Sé que este desafío es grande.
Si se aprueba una línea de crédito especializada, no habrá que hacerse ilusiones, el país que
solicita el préstamo debe recordar que tiene sentido en la medida en que creen más riqueza
de la que uno va a pagar o creen una dimensión social de importancia, porque si no, es una
forma más de seguir poniéndose la cuerda al cuello de la Deuda Externa. El préstamo sirve
para crear riqueza, para mejorar la condición económica y social y en las negociaciones con
diferentes gobiernos hay que saber que la cultura cuesta plata; así que deberán contarse con
las donaciones o otras medidas indirectas de recursos como los incentivos fiscales y los
fondos no reembolsables para aquellos proyectos que tenga un impacto dentro de esta
filosofía de desarrollo económico y social.
Mi última palabra sería para decir que hay un cierto peligro en entrar de lleno en la lógica
financiera. La experiencia muestra que en Estados Unidos y en Europa la concentración de
las editoriales, que tienen políticas y una identidad editorial a veces de siglos, las decisiones
finales las están tomando los directores financieros, publicar manuscritos, por ejemplo, se
hace en vista de la rentabilidad y no del valor cultural o de la percepción que se pueda tener
de la obra. Es indispensable mantener la independencia de la creación. Así como existe una
ambivalencia en el empresario de la cultura que es a la vez hombre de negocios y agente
cultural habrá que sensibilizar más a los financistas para que no olviden que son también
seres sumergidos en la cultura.
domingo, 1 de junio de 2008
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